
Cuando bajé del avión en Nueva Zelanda, no sabía muy bien qué esperar. Sólo sabía que necesitaba escapar por un tiempo de las prisas, el ruido y la implacable marcha del tiempo. Incluso en los primeros días, sentí que el tiempo fluía de forma diferente aquí. Era como si los árboles me susurraran que fuera más despacio, como si el viento me trajera palabras que aún no entendía, pero que de algún modo me resultaban familiares.
Una mañana, mientras paseaba por el lago Taupo, me encontré con un anciano maorí llamado Rangi. Estaba sentado bajo un enorme árbol pohutukawa, contemplando el agua en calma. Sonrió y me hizo un gesto para que me uniera a él. No hablaba mucho, pero su presencia transmitía una fuerza que no había sentido en mi vida en mucho tiempo.
"Aquí, escuchamos a la tierra," dijo en voz baja. "No caminas sobre ella como un turista. Si abres tu corazón, él te guiará".
Me quedé con Rangi unos días. Me enseñó a reconocer el canto de los pájaros, a recoger plantas curativas, a sentir las historias ocultas en el río, las piedras, la niebla. Pero, sobre todo, me enseñó a volver a estar en silencio dentro de mí. Y en ese silencio, oí mi propia voz, la que había perdido en el ruido del mundo.
Cuando me iba, Rangi me entregó una pequeña piedra: lisa, verde, grabada con la hoja de un árbol conocido en la cultura maorí por su fuerza, sus cualidades curativas y protectoras...
"Esto es pounamu," dijo. "Piedra verde". No para la suerte. Sino para que no se te olvide".
Todavía lo llevo hoy. No es por suerte.
Pero para que no se me olvide.
Según la concepción tradicional maorí, la vitalidad a largo plazo surge de la armonía entre el individuo, la naturaleza y la comunidad. Cuando esta relación está equilibrada, mauri —la fuerza vital— fluye libremente y sin obstrucciones.








En la filosofía maorí, este tipo de progresión refleja la “clarificación” gradual de mauri, la fuerza vital, que comienza a fluir más libremente una vez que se eliminan los obstáculos y se le da al cuerpo espacio para restablecer su ritmo natural.
La ciencia moderna confirma lo que los maoríes han entendido durante generaciones: el estado de un sistema siempre influye en los demás. Cuando se fortalece la inmunidad, aumenta la energía. Cuando mejora la regeneración, mejora el rendimiento. Cuando se restablece el equilibrio metabólico, todo el cuerpo funciona con mayor facilidad.
Este compromiso refleja los valores maoríes, donde la relación con la tierra (whenua) se define por la responsabilidad, el respeto y el equilibrio. Lo que la naturaleza nos brinda debe aprovecharse con gratitud y con conciencia de su impacto en las generaciones futuras.
Hoy en día, la investigación moderna confirma muchos de estos conocimientos tradicionales: los bioactivos marinos, los extractos de plantas y los compuestos derivados de animales pueden influir en los procesos celulares, la regeneración y el equilibrio metabólico.
Esta filosofía se alinea con los principios maoríes, donde la salud se entiende como una unidad de cuerpo, mente, espíritu y relaciones (te whare tapa whā). Cuando un pilar se debilita, toda la estructura pierde fuerza, pero cuando está apoyada, mauri (la fuerza vital) fluye libremente.












